Una hamaca y Milan Kundera
La cita era un sábado a las 9 am, el lugar era un café en el centro de la ciudad, repleto de turistas, pero ella, siempre tan precavida lo prefirió así; él, un hombre alto de barba tupida, moreno como el azúcar, estaba algo nervioso, respiró y la vio a lo lejos.
Ella reía a carcajadas, conversaba con alguien.
Él toco su hombro suavemente y ella, al verlo, lo abrazó fuerte y le dijo al oído: Gracias.
La conversación fue un repaso de todo lo que habían estado hablando durante meses, tomaron café, comieron galletas de avena y la mañana transcurrió entre miradas cómplices. Decidieron almorzar cangrejo gratinado con sangría.
Caminaron hasta el restaurante y por primera vez, él tomó su mano, ella sonrió.
Se sentaron cerca de la ventana del restaurante, veían pasar personas y se inventaban las conversaciones que no alcanzaban a escuchar, él tenía un tono de voz bajo, dulce, ella reía con frecuencia, ellos eran la vida resumida en miradas y suaves y torpes roces de manos.
Almorzaron, rieron y mientras el tiempo pasaba, ella pensaba en el plan de la tarde, la ciudad estaba llena de turistas, gente por todos lados.
Le propuso caminar un rato luego decidir qué hacer ...
Lo intentamos si tu quieres, puedo ser yo si te conviene
Yo ya decidí
¿Y tú?
Para ella era un regalo del universo ver el atardecer tomando su mano, en silencio, sintiendo la brisa y teniendo la certeza de su presencia.
Llegaron al pequeño apartamento en el que ella vivía, habían comprado vino y quesos y vería una película.
Él sonreía mientras destapaba el vino y escuchaba una historia sobre un viaje al amazonas, ella, minuciosa como siempre, contaba todo con detalles, él escuchaba atento.
Tomaron vino y comieron quesos, él, curioso, revisó los libros que ella tenía sobre su mesa de noche y leyó: El amor es el remedio contra todos los malos augurios, esta frase estaba subrayada. El libro se titulaba La inmortalidad. Era de Milan Kundera.
Le preguntó porque rayar sus libros y ella se desbordó en prosa explicando su múltiples porqués, tomo su mano y la llevó a la hamaca, se acostaron y el leyó en voz alta: Cuando estás enamorado de alguien, estás enamorado de su rostro y se convierte en un rostro que no se parece a ningún otro.
Ella sonreía y sentía que sus brazos reconfortaban su alma golpeada, y cantaba:
Dos extraños bailando bajo la luna
Se convierten en amantes al compás
De esa extraña melodía
Que algunos llaman destino
Y otros prefieren llamar casualidad
Cerró los ojos y durmió mientras lo escuchaba leer en voz alta.
Al despertar lo vio sentado leyendo, suspiró: no, no es un sueño.
- Hola Dani!
- Hola tu, dormiste bien?
Tan dulce y hechizante que se escapa de tu boca,
Con solo una sonrisa mi cabeza volvió loca.
Melendi.


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